A lo largo de la historia, los seres humanos hemos pasado por diversas creencias, todas unidas por la misma razón: la fe. A pesar de ello, desde hace unos cuantos siglos, este principio ha sido alejado de las estructuras sociales, aunque no por completo. En la actualidad, la fe es cuestionada y lo divino es profanado, y el cuento Un señor muy viejo con unas alas enormes resalta como la prueba maestra de esta tendencia.
Durante el desarrollo del texto, observamos cómo una comunidad despierta un día junto a la presencia de un ángel, un ser hermoso que refleja la perfección de Dios. Sin embargo, en vez de despertar respeto y empatía por este ser, todas las personas del pueblo abusan de él, amarrándolo a un corral y tratándolo como un fenómeno, e incluso cobrando dinero para simplemente observar su figura, aunque debilitada, celestial.
Resulta paradójico que no estemos tan alejados de cometer las mismas acciones de los personajes hacia el ángel. Vivimos en una sociedad que ha perdido los límites acerca de lo que es correcto; nos hemos acostumbrado a explotar todo a nuestro alrededor únicamente para obtener cosas materiales y, en ciertos casos, una subjetiva fama. No es raro ver en las redes sociales a personas que afirman que el anticristo ya está entre nosotros, algunos que sostienen hechos “divinos” que resultan en beneficio individual y, lo más común, la venta de objetos cuya descripción se basa en contener propiedades milagrosas, protección ante demonios y más ventajas respaldadas por una fe sin fundamento. Así como las personas de la obra de García Márquez no respetaron aquello que tenían bajo sus narices, nosotros tampoco nos excluimos de esto.
Esta separación de la fe únicamente ha demostrado la decadencia espiritual por la que estamos pasando. Ahora somos capaces de cambiar algo etéreo por lo lucrativo, el ocio o el entretenimiento. Si, el día de mañana, apareciera un ángel en nuestra ciudad, no sería cuestión de tiempo antes de que una horda de personas se dedique a grabarlo, subirlo a redes sociales y convertirlo en una moda más del montón, reduciendo lo sagrado a un producto de consumo que, una vez usado, termina desechado.
Si continuamos en esta misma línea de pensamiento, dejarán de existir aquellas verdades incuestionables que sirven para mantener un equilibrio moral y ético en la sociedad. La fe resulta un código de conducta para la sana convivencia entre todos los seres vivos y, probablemente, en un futuro no muy lejano, las creencias perderán su idealización y, con ello, el mundo la poca humanidad que aún le resta.