La guerra no acaba solo cuando se firma un papel, sino que continúa en la memoria de la gente,
en los heridos, en sus familias y en sus ciudades destruidas. En este escrito pongo en la mesa el
tema de la Guerra de Siria, un conflicto iniciado en 2011 que aún deja marcas profundas que
serán muy difíciles de borrar. Hablar de ella hoy es imprescindible porque sus consecuencias
rebasan las fronteras, nos recuerdan la fragilidad de la paz y cuestionan la indiferencia de
nuestra sociedad.
La guerra comenzó con protestas pacíficas contra el gobierno sirio en los días de la Primavera
Árabe. Lo que empezó como demandas de libertad derivó en una confrontación armada que
involucró a potencias extranjeras y grupos extremistas. Detrás de los discursos políticos se
esconden cifras gigantescas: más de 500.000 muertos y más de 13 millones de desplazados
según datos de la ONU.
Las consecuencias sociales son devastadoras: familias destruidas, generaciones y
generaciones de niños que crecieron sin educación y comunidades enteras eliminadas del
mapa. Económicamente, Siria perdió gran parte de su infraestructura; hospitales y escuelas se
volvieron escombros, lo que dificultará la recuperación por décadas.
Por la parte psicológica, millones de personas viven con estrés postraumático. Información
dada por la Cruz Roja hablan de niños que ya no recuerdan cómo era dormir sin el sonido de
bombardeos. Además, el impacto ambiental es devastador: campos minados, contaminación de
ríos y suelos que tardarán generaciones en recuperarse.
Este conflicto también evidencia la manera de pensar humana. Las potencias que
intervinieron —cada una con intereses estratégicos— prolongaron la guerra. Nos obliga a
cuestionar si la comunidad internacional está realmente dispuesta a priorizar la vida humana
por encima de la geopolítica.
La Guerra de Siria, y no solo esta guerra, nos enseña que nadie sale victorioso cuando una
nación se desangra. Las pérdidas son irreparables. Como comunidad escolar y global,
debemos promover el diálogo, rechazar la indiferencia y educarnos para que la paz sea un valor
activo, no solo un deseo para futuro. Que cada conversación, proyecto y acto solidario sea una
pequeña muralla contra la violencia.